La misma noche

Por Carlos Ortiz

Cuando desperté, vi la sábana negra en mi cama, la sostuve en mis manos e inhalé su olor, aún podía sentir el aroma de su perfume impregnado, lo saboreé por un momento, me levanté y me vestí. Cuando miré sobre el buró a lado de mi cama me pude dar cuenta de que había una nota con una serpiente dibujada, la abrí y comencé a leerla: 

“Aún siento tus cálidos labios sobre los míos, tus caricias sobre mi piel y ese fuego con el que tus ojos me devoraban, pero ahora amanece y debo irme, sin embargo, siempre he de regresar a ti”.

Miré al espejo frente a mí.

Vaya mujer, después de todo estoy seguro de que no existe otra igual, aún recuerdo cómo miré sus ojos y de inmediato quedé atrapado. Por primera vez en mi vida sentí que podía enamorarme, además parecía perfecta o al menos eso pensaba, hasta esa noche… 

Salí del apartamento siguiendo mi día como de costumbre. Otra noche de viernes en el antro con alcohol y perfume barato, eso era lo único que percibía mi olfato. Me dirigí a la barra y pedí mi bebida. De pronto, el tiempo pareció detenerse y comencé a ver todo en cámara lenta, en el centro de la pista se encontraba ella, la mujer que me había vuelto loco una y otra vez. Comencé a sudar, mi corazón latía velozmente, sentía que las personas a mi alrededor podían escuchar la sangre que corría por mis venas, me dirigí a la salida más cercana y corrí por la oscura avenida. ¡No puede estar ahí esa mujer! Me detuve y miré las palmas de mis manos.

Recuerdo esa noche, esa maldita noche que trajo mi maldición: la vi en el bar y sabía que después de unas copas de alcohol la llevaría a ese hotel barato sin objeción; llegamos a la habitación y la arrojé a la cama, me detuve a mirarla y noté que la noche, ella y todo era inmejorable. El cuarto estaba lleno de penumbra, hasta que la luz del plenilunio entró por la ventana e iluminó la asquerosa cicatriz de su seno, esa cicatriz con forma de serpiente que me hizo llegar a la locura, esa cicatriz arruinaba la perfección con la que su cuerpo había sido tallado, no lo pude soportar, no iba a permitir que la serpiente me constriñese. Me puse sobre ella mientras tenía los ojos cerrados y rodeé su cuello con ambas manos, mi respiración se agitó. Entre tanto, la de ella disminuyó poco a poco mientras oprimía su tráquea. Luchaba para liberarse, el pánico la inundaba, pero no me detuve hasta que dejó de moverse, cuando descubrí su rostro, tenía los ojos abiertos y en ellos se podía mirar el terror que la inundó antes de perecer, al mismo tiempo sentí que aquella mirada cadavérica aún me observaba, me heló la sangre y me obligó a cubrir su cuerpo con la sábana negra de la cama para desaparecer esos ojos verdosos.

Respiré profundamente para salir del trance tras recordar ese momento: Ella… ¡ella estaba muerta! Me tiré al piso de rodillas, salí del lugar asegurándome de que nadie me viera con el bulto negro cargando y desenvolví el cuerpo para deslizarlo hacía el drenaje, donde creí que las ratas devorarían a la serpiente acabando con mi crimen. Caminé con la sábana en la mano, iluminado solo por la luna de una noche satisfactoria que me acompañó hasta llegar a casa. Me acosté sintiéndome feliz porque ya no vería esa estúpida víbora que mordía su cola nunca más. 

Era de madrugada y tras dejar atrás mi atroz crimen me dispuse a dormir, cerré los ojos y caí en los brazos de Morfeo, que me hizo soñar una y otra vez la mirada fija de aquel cadáver y el siseo de aquella marca. Cuando desperté, vi la sábana negra en mi cama, la sostuve en mis manos e inhalé su olor, aún podía sentir el aroma de su perfume impregnado, lo saboreé por un momento, me levanté y me vestí. Cuando miré sobre el buró a lado de mi cama me pude dar cuenta de que había una nota con una serpiente dibujada, la abrí y comencé a leerla:  

“Aún siento tus cálidos labios sobre los míos, tus caricias sobre mi piel y ese fuego con el que tus ojos me devoraban, pero ahora amanece y debo irme, sin embargo, siempre he de regresar a ti”.

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