No más aroma de jazmines

Por Rubén Fernández*

Uno nunca termina de leer, aunque los libros se acaben,
de la misma manera que uno nunca termina de vivir,
aunque la muerte sea un hecho cierto.
Roberto Bolaño

Aquella noche había sido una verdadera locura. Fuimos al prostíbulo, ahítos de emociones desenfrenadas, iguales a las que ya estábamos acostumbrados con las meretrices y los milicos, cuando disparábamos a los móviles policiales encargados de mantener el orden en el barrio donde teníamos nuestras bocas de drogas. Paz y Trabajo se llamaba el barrio. Desconocía la ironía en aquellos tiempos de mi vida en la frontera. Nunca me gustó estudiar y con esfuerzo terminé el Ciclo Básico. Recuerdo a una joven profesora que nos hablaba con verdadera devoción (o así me pareció) de Julio Cortázar y de un cuento que llegó a interesarme: “Continuidad de los parques”, del libro “Final del juego” de Editorial Sudamericana, primera edición de 1964, el que atesoré hasta que abandoné la casa paterna. Nunca me gustó que el personaje muriese de esa manera tan estúpida en un cuento dividido en dos párrafos de 380 y 170 palabras cada uno. Llegué a preguntarme, algunas veces, cuál sería mi continuidad en esta vida, sabiendo que no me interesaban las respuestas. Las preguntas siempre me parecieron más tentadoras. Decía la profesora que el narrador era omnisciente. Me gustó esa palabra. Quisiera que así fuese quien contase mi vida. Libre de la presión de mis viejos, para que estudiara y me transformase en una buena persona, como decían los padres de antes, decidí dedicarme a algo más redituable: la venta de drogas. Poseía abundantes contactos del otro lado de la línea fronteriza, en Río Grande do Sul. En ese tiempo cogía con una puta  del burdel de Mae Joanna, la Belinda. Me enloquecía, me enloqueció la muy perra y exigía, rogaba, llorisqueaba, me la chupaba con frenesí, como si la tuviese grande, jadeaba y “decía qué macho, qué verga, mi macho…” Puro teatro para que la sacara de la miseria del quilombo. Hacía tiempo que había dejado de creer en reclamos, exigencias, pasiones y amores. Creo que nunca quise a nadie, siquiera a mis padres. Los soporté mientras vivieron. Después de tenerlos horizontales en el cementerio del pueblo, los olvidé. Ninguno de los dos fue ejemplo de nada. Mi padre, oriundo de Passo Fundo, siempre tuvo olor a bosta de los establos, el que nunca pudo quitarse. Nunca comprendí cómo mi madre, que según decía, provenía de una familia de alcurnia, había terminado entre los brazos de José Franciliano da Fonseca. Cuestiones de los astros, respondía la puta tarotista, meretriz de uno de los burdeles del pueblo. Tampoco ella era , lo que se dice , una santa. Siempre traicionó al viejo, quien, abatido por el trabajo y los cuernos con los que le adornaba su  mujer, rumbeaba al bar donde terminaba inconsciente de tanta caña brasilera con la que se atragantaba. Recordaba con algo de afecto a mi vieja abuela, que algunas veces me decía “mi niño querido” y otras pelotudeces similares. Belinda exigía casa con empleada. La muy puta. Por una mamada. Cuando llegué a la mayoría de edad supe que comenzaría una nueva etapa en mi vida. Sería hoy, me decía cada mañana, después de despertar de un sueño lleno de pesadillas a causa del alcohol, la coca y los porros. Todo en exceso. Así era mi vida allá en Chuy. Viajaba regularmente a Río Grande a buscar la droga. Había comprado a los funcionarios de la Aduana y el tráfico no ofrecía ningún problema. La droga entraba a Uruguay y después me desentendía  del menudeo a cargo de algunos negros drogadictos que se harían matar por unas líneas. A Belinda la deseché cuando apareció Viky. Es lo máximo, me dije. Cómo gozaba cuando exigía que la penetrara sin condón y a lo bruto. Aspiraba una línea y demoraba un buen tiempo en eyacular. Ella solo pedía eso y me hacía sentir el Capitán América de las putas. Nunca la llevé a mi casa. Allí no entraba ninguna trola, además detesto que usen mi toalla, mi jabón, mi sillón preferido, en el que miro todos los partidos de fútbol sin importar de qué país, de qué lugar ignoto de este mundo en el que me ha tocado vivir y al que cada vez conozco menos, pero, todo me importa un carajo… Sé que mi vida será corta. Que moriré joven. Una noche, alguien me acechará desde una esquina oscura, como en las viejas películas de gánster del cine americano, para vengarse que le haya jodido en algún sucio negocio. 

Muchas veces veo toda la escena, como en una película de Scorsese: 

1) Camino,2) tiro el pucho a la calle desierta, 3) siento una brisa agradable, 4) dirijo mis pasos hacia mi casa en absoluta tranquilidad, en esta nochecita primaveral, 5) al igual que cada día, voy solo,  nunca tuve verdaderos amigos en el sentido en que todos hablan y se ufanan , 6) una luna llena alumbra el barrio, 7) siento aroma a jazmines, como los que cultivaba mi abuela frente a su casa, un arbusto de jazmín paraguayo, 8) orino sobre un muro semiderruido y cubierto de afiches de la última elección, que nadie se molestará en quitar, 9) me rasco el mentón, 10) el disparo parte  desde atrás de un árbol ( los cobardes siempre se ocultarán),caigo muerto a mis veinticinco años.

El Moncho me decía que estaba mirando muchas películas, que nadie sabía en este mundo de mierda cómo iría a morir. No entendía que lo mío era una absoluta convicción, escrita en mi cerebro después de verlo en un sueño en el que estaba dentro de la película sobre mi vida.


*Soy un ex docente que se le dio por escribir al momento de contar con tiempo para ello. Después de jubilarme, sabiendo que la escritura exige sudor e inspiración, como ya lo han dicho escritores de renombre y de los que he aprendido, e intento volcar en mis textos.

1 comentario

  1. Si al personaje “nunca le gustó estudiar”, si “apenas concluyó el ciclo básico”, por tanto era un cuasi imberbe, de pronto se expresa muy bien en el cuento; y ¿cómo es que su profesora le induce a un niño a leer, nada menos que a Cortázar. Siendo que, muchos lectores, aún hoy encuentran difícil la lectura de sus libros, como La Rayuela, por ejemplo. (son incoherencias y un contrasentido en el cuento).

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