Don Gonzalo y Doña Lupe

Por: Flor de Liz Mendoza*

Archivo, Nuevo, Documento en blanco…

Mi abuelo tiene noventa y seis años, lo cual me maravilla y al mismo tiempo me atemoriza. Don Gonzalo nació un enero de 1925 así que ha vivido, directa o indirectamente, una infinidad de sucesos que me habría gustado presenciar más de cerca a mí. Cuando pienso en esta retrospectiva entiendo mucho de mi familia, sus ideas y sus formas de actuar. Cuando joven, mi abuelo era apodado “el Charrito”. Quizá porque siempre vivió en su pueblo polvoriento y tranquilo; o tal vez, porque tenía amistad con gente de a caballo, a lo mejor se deba a que trabajó para una hacienda muy limpia y llena de curiosidades y caballos, o simplemente porque tenía la afición de tocar la guitarra y cantar. ¿Qué cantaba? Pues música ranchera, de la que a veces iba a ensayar don Antonio Aguilar a la Hacienda de Don Francisco Icaza. 

Ah, el cine. No sé si a mí abuelo le gustaba ir al cine (ya ven que siempre ha estado arraigado a su pueblo), pero pudo ver el surgimiento y la consagración del cine mexicano. Ya para entonces supongo que vivía en la capital, también polvorienta, del Estado de México, y trabajaba como chofer de un autobús. Me fascina pensar en todas las aventuras que puede experimentar alguien que maneja estas enormes máquinas. Además, no era el autobús de cualquier lugar, trabajaba para la Normal del Estado, así que seguramente llevó y trajo a los alumnos y profesores a certámenes de todas las naturalezas posibles, fue a congresos, conferencias, excursiones, sin ir, porque de todas maneras era el chofer y se quedaba cuidando su bus. Y conste que para entonces ya debía estar casado. 

Mi abuela, doña Lupe, fue una mujer grande, enorme. Yo la veía alta y altiva, cruzaba el patio de su casa para dar de comer a sus pollitos y en silencio, con prisa, pero con tiento, llegaba a la cocinita a hacer sus tortillas. Pero entonces no vivían en el pueblo, vivían en la ciudad, mi abuelo era conserje de un jardín de niños y ahí mismo vivían y criaban a sus hijos, mis tíos. Sí, mi abuela era grande, enorme. Tuvo catorce hijos, pero en ese momento seguro estaban solamente los mayores. Ahí vivió mi mamá (no es la más grande pero sí es de los primeros hijos) y recuerda ver a mi abuela tras una montaña de calcetines para remendar y una bola de niños saltando alrededor de ella, por hambre o por atención, pero pidiendo algo. Fueron muchos hijos, pero mi abuelo no se agüitaba. Seguía trabajando y teniendo más hijos. De alguna manera compró el terreno en el pueblo y ahí van otra vez todos para Villa. Mi mamá conoció ahí el amor que mata, cuando encontró un pajarito que se había caído de un nido y se decidió a salvarle la vida y las plumas a toda costa. Mi abue le dijo, deja eso ya niña, se va a morir de frío porque necesita a su mamá. Pero la buena Boli lo apretó contra su pecho para mantenerlo rodeado de una temperatura agradable, sólo que se pasó de apretón y lo mató de amor. ¡Que pueblito polvoriento! Ahí es donde mi abuela se levantaba de madrugada para ir a moler su maíz y regresaba a hacer sus tortillas. 

Siempre me gustó la comida de la abuela. Algunas veces iba al terrenito de siembra y traía en el mandil, agarrado a manera de bolsa o algo para contener, calabazas, nopales, elotes, habas, berros, tesoros que cocinaba para todos sus hijos y sus nietos, los que íbamos de visita cada domingo. No sé si lo inventó ella o quizá lo aprendió de su madre, pero cuando hacía las tortillas en su comal ya con prominencias por el uso y el calor, esperaba a que se inflaran como pasa con las tortillas bien echadas en un comal, y le hacía un orificio por el que depositaba con delicadeza de santa, un huevo recién recogido de los nidos de las gallinas. Ahí se terminaba de cocer la tortillita y el huevo, y con una salsa machacada en el molcajete nos dimos tremendos banquetes que nos alimentaban el alma.

Con el tiempo mi abuelo fue perdiendo el ánimo y la bravura, se volvió más de su hogar. Pasaba largas horas sembrando y cosechando. Ama los árboles, aún ahora desde su habitación en el segundo piso, extraña pasearse en el jardincito que sembró y cuidó, ahí donde una vez estuvo un eucalipto, entre los otros árboles de peras y manzanas, a lado del capulín. Algún día decidió mandarlo quitar porque ya estaba muy grande y es que cuando lo sembró, no pensó que en algún momento quedaría en medio del patio, ese mismo que la tecnología convirtió años después en un garaje. Luego se arrepintió y nos dijo que quería plantar un eucalipto nuevo, que se lo lleváramos de acá de Atlixco, pero que ya nos iba a tocar cuidarlo a nosotros porque sus ojos ya no lo iban a poder ver del mismo tamaño que el primero.

Mi abuelo tuvo un carro de esos que aparecen en las películas del Santo, yo creo que era de los sesentas o los setentas, su coche anaranjado. Yo nunca lo vi caminar, en realidad para mí es un recuerdo estacionado ahí, junto al eucalipto, en el que a veces me subía a jugar con mis tíos y tías más pequeños. No sé cuántos años más permaneció el despojo del auto bajo la promesa de una reparación que nunca llegó. Solamente creo que era un tesoro al que mi abuelo se aferró hasta donde se pudo, hasta donde comenzó a estorbar demasiado o hasta donde la necesidad los llevaría a venderlo por kilo de lata.

Con el tiempo, don Gonzalo fue adquiriendo ese carácter hospitalario que lo empuja, cada que llega alguien, a mandar por comida, un pollito o aunque sea un pedazo de chicharrón para que echemos un taquito, espérate, vamos a recoger unos quintoniles, a ver Lupe, prepárate algo que ya llegaron los muchachos. 

Las comidas de los domingos fueron una verdadera aventura. Los hijos que llegaban a visitar a sus padres, o sea mis tíos y mi mamá, iban al tianguis (el domingo es día de tianguis en Villa) y compraban queso, chicharrón, aguacates, jitomates rojos y enormes, pápalo, unos chiles curados y unos dos o tres kilos de tortilla y órale. Las mujeres preparaban una sopita de pasta, aguada, para los niños (si los hijos eran muchos, los nietos éramos muchos más). Mientras nuestros padres resolvían cómo alimentarnos los niños nos encargábamos de preparar el recital para la sobremesa. De alguna manera siempre había en la casa de los abuelos trajes típicos de los festivales olvidados, disfraces del día de la primavera y otros artilugios con los cuales cada una decidía qué iba a presentar. A mi tía Flor le gustaba cantar “Corazón de piedra” y era una niña pequeña, más que yo, pero cerraba sus ojos como si en verdad comprendiera lo que predicaba su vocecita y su mano sostenía con firmeza el micrófono que hicimos de cartón y alambre (para entonces si no tenía cable no era un buen micrófono, acá nada de inalámbricos).

Todos los niños hacíamos algo, mi hermana pequeña declamaba, otros ensayaban alguna coreografía y siempre llegaba el momento de las que cantábamos. Pero luego de eso, empezaba el baile. Con destreza arrimábamos los muebles hacia las esquinas y sonaba fuerte la música para bailar. Alguien que se quedaba sin pareja iba afuera por una escoba y la traía al baile, pero la iba permutando por la pareja que le gustara más, entonces la pobre escoba iba de mano en mano, de vuelta en vuelta, báilamela suavecita y se acababa el disco.

Mis abuelos no bailaban, solamente observaban desde la mesa con regocijo hasta dónde había llegado su matrimonio, cómo se extendía y se enredaba entre tantas vidas tan distintas, tan disparejas, tan iguales, tan así. Algunas veces mi abuelo cantaba, han nacido en mi rancho dos arbolitos, dos arbolitos que parecen gemelos… Pero mi abuela, así grandota como era ella lo veía con sus ojos pequeños y enmuinados, a ver a qué horas le bajan a su escándalo, uno quiere descansar, ya váyanse a sus casas, sus maridos las han de estar esperando.

Hace dos años que doña Lupe decidió irse al cielo de los justos. Padeció unos meses de una enfermedad en los pulmones y cerró sus ojos chiquitos y enmuinados. Y acá se quedó don Gonzalo con la mirada perdida nomás, cantando para sus adentros; arbolito, arbolito, me siento solo, quiero que me acompañes hasta que muera. Sólo Dios sabe cuántos años más seguirá regando su jardín y cosechando sus ciruelas. Sólo Dios… Noventa y seis años…

Y bueno, ya mejor acá le dejamos, porque ya me entretuve entre estas historias, los recuerdos de mis raíces que se quedaron en el pueblito polvoriento pero que de vez en vez blanquean mis días y arrancan una sonrisa, la añoranza de lo que fue. Noventa y seis años, no inventen. En fin. Guardando como…


*Licenciada en Lingüística y Literatura Hispánica por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, . Se integró al programa de Posgrado en el Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la BUAP, y obtuvo el título de maestra en Ciencias del Lenguaje en 2010. En el mismo instituto realizó estudios en el programa del Doctorado en Ciencias del Lenguaje. Es miembro fundador del Seminario de Estudios Cinematográficos del Posgrado en Ciencias del Lenguaje. Actualmente es docente en la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Su área de especialización es la narratología literaria y cinematográfica, y el estudio de la transposición en el cine.

2 comentarios

Responder a Noemi Carpinteyro Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: