Miedo a los animales

Por: Elizabeth Martínez Castillo

El hombre inventa máscaras cada vez más sofisticadas para ocultar su vileza, y la más peligrosa es la del justo, porque proporciona a los idiotas un reflejo idealizado de su propio carácter; en este círculo de buitres humanitarios —que me disculpen los pobres buitres— nos hemos infiltrado en la telaraña de un monstruo llamado “corrupción”, aquella cloaca por la que hemos aprendido a ser marionetas del sistema, los hilos son movidos por el poder y con desventaja para la clase oprimida. Magnífico aprendizaje el que hemos adquirido o quizás seguimos pensando que la vida sigue siendo un grotesco mal entendido.

Ahí siguen estando los productos en venta, ¿cuál te gusta más?: una dignidad pisoteada, una honestidad invisible, opiniones compradas por servilismos y adulaciones —a poco no nos abren las puertas y nos llenan los bolsillos—, de la inocencia perdida en un ambiente sórdido, de luchas sociales por doquier vestidas de intereses propios, de emociones y convicciones apagadas por miles de asesinatos —no les conviene una voz independiente y crítica— ¡Claro! Se sienten amenazados porque el estiércol que llevan es pesado y descubrirlo sería abrir la coraza de la tortuga —y que me disculpe la pobre tortuga—, de la conciencia agazapada por los temores, de los ideales escondidos— lo que dice en público es lo que cuenta ya que son puras fórmulas de cortesía—, de las verdades con etiquetas de hipocresía —en alguna charla es donde nos tiramos la neta siempre y cuando el criticado sea el ausente—, donde los prestigios, reputaciones y jerarquías son de dudosa procedencia ¿en quién creer? Donde los valores que logran sobresalir del fango se vuelven a ensuciar por estafadores, charlatanes, lambiscones y ambiciosos, de aquella nobleza y sinceridad que en su conjunto han resultado ser un almacén de vanidades, injusticias, humillaciones, miedos, frustraciones, desprecios, rivalidades, calumnias, envidias y miserias— esa guerra que se libra a muerte por una gallinas o por un simple peso.

Verdad que la mediocridad es palpable, aún existe ese clima de intolerancia y de barbarie que creíamos superados porque en el fondo se busca fama, poder, reconocimiento y prestigio.

Dónde está la inmensa mayoría, los olvidados y oprimidos; hemos entrado en un estado de coma y en cuestión de meses la gente olvida magnicidios, devaluaciones, matanzas y la oleada de protestas que se producen con cada nuevo desastre. Ya lo dijo Monsiváis: “México es un país sin memoria” —y lo seguirá siendo.

Sé que en un país como el nuestro no podemos tener certezas solo incertidumbres, la censura existirá y se ejercerá a balazos; es evidente que el gobierno necesita un pueblo ignorante para perpetuarse en el poder, utiliza sus propios elementos para echarle la carne a los leones —ingenuos leones una vez más ofendo a los de su género.

Por higiene mental es hora de volver a la dignidad y no sólo dejar aquellas huellas “accidentadas” de nuestra cultura; recuperemos el coraje, la vocación de justicia y de libertad.

Defendamos lo único que tenemos para ser escuchados “la palabra”, al menos que te agrade oír que la corrupción somos todos y que estamos inmersos en esa fauna política.

¡Elige! Te toca ponerle punto final a la i.

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