Alarma entre 6 y 9

Por: Jonathan Facundo González

Tengo los ojos entrecerrados por la cerveza.

En mi mesa sigo aspirando líneas de carbón, esperando entrar a nuestra habitación y verte ahí, con tus lentes, con ese libro que tanto te gusta.

Admiro medio tambaleante tu sexy conjunto que me deja ver la mitad de la perversión que me espera. El poder acercarme, que esas líneas que aspire las pueda resbalar por tu suave oído, mientras mi mano hábil, maliciosa desabrocha tu sostén…

Y la serpiente que hay en mi boca, resbale despacio por tu cuello, envuelva uno de esos atributos cual presa a punto de ser devorada.

¡Sí!

Mi otra mano recorre el suave terciopelo que anuncia la entrada al éxtasis, a esa explosión de sentidos.

Esa serpiente viva me guía, me hace perder el rostro entre tus piernas y la humedad de tus labios saborea mi virilidad., degustando cual si fuera dulce de leche.

“No hay borracho que trague la lumbre”.

Y yo devorándome el fuego que exhalas, mi palma moviendo de un lado a otro el terreno árido de tu espalda adornada con tinta, mientras la otra está en círculos acariciando y apretando ese pezón adornado con joyería…

Eléctrico encuentro formado por un 6 y un 9, esa sensación por la columna que avisa el final, el éxtasis, el nirvana…

Y de pronto, el sonar de la caída de una bomba, del fin de este mundo. La alarma de mi reloj, avisándome de un nuevo día, de quedarme dormido entre botellas, mostrándome cuánto te echo de menos.

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