Gusanos

Por: Crosby Girón*

No he podido precisar el momento de su aparición, no lo he notado como algo exacto, pero cuando ya estaba sucediendo, fue terrible y crudo tener que aceptarlo: una parte de mi muslo izquierdo se había podrido y albergaba miles de gusanos, color marrón, que pululaban entre un tejido líquido y verdegoso. Quizá hubiera sido más reconfortante enterarme que había adquirido una enfermedad terminal. Y esto, porque es vergonzosamente incómodo llevar por todas partes esta gorgoteante colonia que cada minuto, crece y se multiplica.

Tengo la sucia impresión de contaminar todo lo que está en contacto conmigo. No en el sentido bacteriológico como pudiera pensarse sino en el sentido del desecho. He pensado siempre del mismo modo, que es mejor contaminar invisiblemente, y temo más parecer sucio que ser sucio. En ocasiones, por ejemplo, cuando viajo en autobús, voy dejando un rastro interminable de gusanos a mi paso. Claro, con el tiempo he podido disimular con mucha naturalidad el hecho inmundo, pero el revolverse de los animales vivos en mi muslo es asquerosamente repugnante.

Siento un alivio enorme cuando me ducho. Trato de quedarme libre de ellos por algunos minutos. Sólo me queda la sensación cruda de la cuenca vacía en mi muslo. Duele un poco pero he sabido que el dolor es preferible a la vergüenza. Cuando termino mi baño voy a mi cuarto a vestirme. Me he acostumbrado a pisotear los gusanos que consuetudinariamente han caído y muerto en el piso. Antes de cualquier cosa los barro y los pongo en el cesto de la basura.

Al quitarme la toalla veo que en mi carne han surgido nuevos millares de esos degradantes parásitos. Pongo algo de música y me siento en la cama, entalco mis pies, perfumo mi rostro y mi tórax. Pongo desodorante en axilas y pubis. Trato sin éxito de ordenar mis cabellos. Cuando voy a colocarme un pantalón, hay ya cierta cantidad de animalejos revolcándose a mis pies. Ya hubo una vez en que mi casera me vio sacando cierta cantidad de gusanos. Le he dicho que alguna rata murió en alguno de los rincones y que yo había encontrado los restos. Ella dijo: debió haber sido un ratón muy grande.

He confesado mi padecimiento, ya saben, la necesidad de confidencia, y ese alguien, con la misma necesidad, ya lo comentará con otro alguien, hasta multiplicar en muchedumbres. En mi vecindario una confidencia se incendia como pólvora, por lo tanto, es sinónimo de decírselo a todo el mundo.

Cosa terrible es despertar por la mañana, una o dos libras de gusanos se han acumulado entre mis sabanas, velozmente los he puesto en el retrete, donde el agua los desaparece. Quisiera contar muchos detalles pero todo terminaría en vómito. Como dije, al cabo de un tiempo, mi mal era del dominio público. Hubo algunos que no les importó, con ellos todos los días nos afanamos por buscar y conseguir algunas monedas para beber algo.

Alguien ya habrá pensado que estoy mintiendo, siempre creemos que somos el más desafortunado del mundo; parezco mentiroso porque al cabo de un tiempo mi pierna hubiera desaparecido, si existiera esa cantidad realmente abundante de gusanos de la que hablo.

Pero si la hay, la hay, maldita sea que la hay. Si digo muslo es sólo un referente, quizá cuando lean esto ya mi sepelio sea sólo un recuerdo desagradable.


*El autor ha publicado el libro de relatos El hijo del Ángel (Guatemala, 2012); fue incluido en la antología Poets of New England (Estados Unidos, 2018); grabó el disco colectivo de poemas musicalizados No-No Project con Atack Bear Press (Estados Unidos, 2019); fue finalista de la primera edición del Premio Internacional de Cuentos Breves Maestro Francisco González Ruiz, convocado por el diario  hoyesarte.com  y la editorial Arráez Editores (España, 2020).

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