José Revueltas: Lenguaje y compromiso dialéctico

Por: Francisco Hernández Echeverría*

(Parte de este texto se publicó en el periódico Reincidente No. 84, en agosto de 2014)

Evocar a José Revueltas a 45 años de su muerte, obliga a hablar de profundo sentido dialéctico que conservó a lo largo de su vida y que supo materializar tajantemente en cada uno de los géneros que abordó: cuento, novela, ensayo, teatro, periodismo y guión cinematográfico. Todo este conjunto creativo siempre se centró en problemas sociales y en experiencias personales, representando la encarnación de la rebeldía, la férrea voluntad en perseguir la utopía socialista, la coherencia de toda una vida de predicar con el ejemplo.

            Su ingreso al Partido Comunista Mexicano  (PCM) en 1928 fue devoto, pero su permanente espíritu combativo y crítico frente a los excesos del poder contra el establishment también lo trasladaría al seno mismo del Partido Comunista, especialmente cuando comenzó a cuestionar las rígidas políticas culturales provenientes del realismo socialista, que satanizaban el ámbito creativo, artístico y literario de los militantes comunistas. Desvirtuado y acusado hasta de “trotskismo”, Revueltas fue expulsado del PCM en 1943. Se reincorporó a sus filas en 1955 para ser de nueva cuenta expulsado en 1960. Inspiró la creación de la Liga Leninista Espartaco (LLE), de la cual también fue expulsado en 1964.

            La razón de tanta expulsión de estas organizaciones “proletarias”, tal vez se deba a que política e intelectualmente su referente fue siempre José Carlos Mariátegui: “Mariátegui ha sido siempre mi maestro, pero en la cuestión ideológica. Fue él quien abrió los ojos a mi generación ante la necesidad de adaptar el marxismo a las condiciones nacionales y continentales, y no hacer un marxismo de importación, zafio y de repetición de fórmulas, sino tratar de captar la realidad nacional” (Revueltas en Revueltas y Cheron, 2001: 37).

            Así que deudor de una constante reflexión sobre la realidad y la historia, el escritor formuló la teoría del realismo dialéctico, la cual permeó obras tan importantes como Muros de agua (1941), El luto humano (1943), Dios en la tierra (1944), Los días terrenales (1949), Los motivos de Caín (1956), Dormir en la tierra (1960), Los errores (1964), Material de sueños (1974), entre otras.

            El realismo dialéctico revueltiano plantea que el creador militante, si bien debe estar atento a la realidad circundante y a su momento histórico, puede y debe buscar todos los recursos que le permitan exhibir la totalidad de la compleja existencia humana. Este proyecto posicionó a Revueltas como un “continuador del humanismo parmenídico” y blasfemo, donde el ser humano es el ser humano (Turón, 1981: 17), pues, contrario al dogma de la revolución “consolidada”, sabe bien que en los países socialistas, y en el partido mismo, el ser humano se encuentra aún disminuido, inadecuado, en profunda angustia revolucionaria por tratar de escapar de esa pseudolibertad que le impide ir en pos del hombre.

            Al develar esta tergiversación del propósito revolucionario, cultivada y encubierta por los partidos comunistas, Revueltas reconoce que la “palabra prefigura, lleva a cabo y critica la Revolución. De ahí los ataques contra la palabra, su continua enajenación”. Agreguemos:

[…] el enemigo del hombre la toma y la retoma [la palabra]; quiere apropiarse de ella, mancharla, volverla irreconocible. Dada la importancia del lenguaje, los países socialistas que han resuelto el analfabetismo —primer paso hacia el lenguaje pleno— deben ser el comienzo responsable de la esperanza. Respecto a ellos, toda exigencia es poca. Terrible escándalo, por consiguiente, la censura acechante y el polizonte en su puesto. Terrible herida, ya que en el mundo socialista nada ni nadie es como en el pasado y sólo ese mundo puede proveerse de las armas dialécticas —o intelectualización universal— que Marx recomendaba y que Revueltas suscribía (Ibíd.: 16).

 Por tanto, para Revueltas, la verdadera revolución no debe regocijarse únicamente con las soluciones socioeconómicas, sino también, y sobre todo, en las soluciones éticas: la “ética es la cultura misma” (Ibídem). He aquí, la clave de la disidencia revueltiana orientada hacia una propuesta de creación que permita “cambiar el mundo, no en el optimismo bobo de las “mañanas que cantan y el sol rojo que derrama sonrisas en el koljós féliz” (Barros, 1980: Suplemento Anual 1973-1974, 947), sino en la consciente incidencia y reincidencia de unir la denuncia social a la indagación sobre los más ocultos resortes que hacen miserable el alma humana —alcohol, sexo, blasfemia, compasión y amor, asuntos comúnmente invisibles para el partido.

            Desde esta óptica, el autor de El apando será capaz de continuar la temática social de la Revolución mexicana, pero ahora, más allá de la palabra “oficial”, más allá del monólogo antidialéctico impuesto por el autoritarismo postrevolucionario. Su prosa es realista pero cargada de resonancias simbólicas, que no por ello deja de marcar su compromiso como escritor. Para Revueltas:

Escribir [es] cosa muy diferente al mezquino y cobarde “quehacer literario” […] del que se ocupa ese no-escritor, obsecuente, burocrático y vacío, que es el “hombre de letras”. Hombre de letras, cierto, que no de palabra, pues éstas son compromiso y combate: los literatos no pueden sino huir de ellas con la mayor prudencia. (Y hay que decir, en suma, que el literato es el que se inmuniza, sin detenerse en que los medios sean los más ruines, contra la zozobra humana del ser, y que lo mismo es tal literato, entonces, el burgués ignorante que jamás ha leído o escrito nada en su vida) […] El escritor, por el contrario, pacta a vida o muerte con las palabras, con sus palabras, con sus obras. En su relación con ellas —relación que se establece independientemente de su voluntad— encuentra, así, la medida de su propio aislamiento y de la incomunicación sustancial a que está condenado su “lenguaje de nadie”, pues las cosas jamás podrán ser de otra manera para él (Revueltas, 1967: 8).

Palabras contundentes para los “literatos” que creyendo estar sobre terreno firme no se han dado cuenta de que se han transformado en intelectualidad burocratizada al servicio de un Estado cada vez más dictatorial y terrorista, que se envalentonan con las metodologías o estructuras que les autoriza en su nombre, en el de su cofradía, o en el de una “vaca sagrada” que les dé el espaldarazo final, olvidando por completo que el arte y la literatura deben ser libres dentro de las relaciones concretas de la sociedad y no “un adorno o una condecoración al margen de [su] obra” (Revueltas en Ruíz Abreu, 1992).

            Una manera de mostrar congruencia ético-dialéctica es cuando Revueltas se une al movimiento estudiantil de 1968, del cual tiene una perspectiva muy original:

Un movimiento reúne por sí mismo características y capacidades propias, ante las cuales todo régimen dictatorial, a la larga, resulta impotente. Un movimiento es tan ubicuo, tan plural, tan ágil, tan variado y multiforme como los individuos mismos que lo integran. Su presencia se hace sentir por todas partes y mediante los recursos más inesperados y las iniciativas individuales más llenas de originalidad e imaginación. La causa de que ésta sea así reside en el hecho de que se ha formado una conciencia social, una consciencia colectiva, respecto a un determinado número de problemas, conciencia cuyos requerimientos insertan al individuo, a los individuos, en esa corriente de opinión activa que constituye, pone en acción y hace posible un movimiento como tal (Revueltas en Revueltas y Cheron, 1998: 112).

En términos generales, se puede afirmar que José Revueltas es el paradigma de independencia intelectual que puede experimentar una persona. Su obra sigue siendo una referencia obligada para comprender nuestra realidad: imposición de mega-obras, expropiación violenta de tierras, afectación por privatizaciones abusivas, presos políticos, desaparecidos, detención de luchadores sociales, solidaridad y cooperación silenciada por los medios de comunicación para adormecer a toda costa la conciencia del país; flashazos significativos que nos recuerdan que “en un mundo de pobres diablos, donde la represión rompe cabezas y testículos y en el que cotidianamente se palpa la aniquilación futura, José Revueltas significa un hombre de palabras, un ejemplo moral” (Turón, 1981: 11-12).

Referencias Bibliográficas:

BARROS, Salvador (1980): “Literatura. México 1973-1974”, en Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-Americana, Suplemento Anual, 1973-1974. Madrid, España: Espasa-Calpe.

REVUELTAS, José (1967): “Prólogo del autor a la presente edición”, en Obra Literaria, Vol. I. México: Empresas Editoriales S.A. de C.V.

REVUELTAS, Andrea y Philippe Cheron (comps.) (1998): José Revueltas y el 68. México: Universidad Nacional Autónoma de México.

RUÍZ ABREU, Álvaro (1992): José Revueltas: los muros de la utopía. México; Cal y Arena.

TURÓN, Carlos E. (1981): “Prólogo: José Revueltas, el hijo del hombre”, en Obras Completas, vol. II: Las cenizas, José Revueltas. México: Era.

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