Entre brujerías y recuerdos

Por: Yuleisy Cruz Lezcano

En Santa Clara, la Navidad nunca llega ligera. La ciudad central de la isla parece esperar con una mezcla de devoción y alerta, como si supiera que bajo su cielo de palmeras y estrellas algo late con un ritmo extraño, incomprensible. Lugareños y viajeros lo han sentido: un vértigo sutil que se adueña de los cuerpos, una cadencia que no es música ni viento, sino algo intermedio, un murmullo que atraviesa las calles adoquinadas y los patios de los viejos edificios.

Nadie sabe por qué. Los ancianos susurran sobre historias que cruzan generaciones, relatos de locura y muerte que la ciudad parece susurrar a quien se atreve a escuchar. Otros especulan hasta los confines del delirio, inventando causas que se deshacen en el aire caliente de la isla: ¿la historia que pesa en cada esquina? ¿El tren lechero que entra inquieto al andén de las ruinas y parece agregar énfasis a cada rumor? ¿O la proximidad de las montañas y los campos, siempre tangenciales, siempre presentes como un secreto que roza la piel de la ciudad?

Caminar por Santa Clara en diciembre es aceptar la posibilidad de perderse en la cadencia de su viento, en el ritmo pausado de sus palmeras que parecen medir tu pulso, en las luces que titilan sobre la plaza como estrellas caídas. Algunos lo llaman encanto; otros, peligro. Los que se quedan demasiado tiempo sienten cómo la ciudad les exige algo: ver más allá de lo evidente, escuchar lo que no se puede nombrar, resistir la atracción de sus historias escogidas, que el tren lechero parece acentuar con cada chirrido metálico al detenerse en el andén de las ruinas.

Y aun así, año tras año, la Navidad llega. Pero en Santa Clara, llega con un susurro que hace temblar a los que saben, a los que no saben, a todos los que han sentido, aunque sea una vez, que la ciudad podría matarte o enloquecerte, y que nadie, ni por historia ni por viento ni por tren, ha logrado explicar.

Santa Clara se despliega como un mapa de nostalgias, donde cada calle, cada esquina, cada piedra parece haber aprendido a guardar secretos. Sus plazas respiran con la cadencia de su gente: vendedores que mueven sus mercancías como si fueran amuletos, niños que corren persiguiendo sombras, ancianos que miran el mundo como quien observa desde el borde de un sueño que no termina de despegar. La ciudad tiene una paciencia antigua, y al mismo tiempo un ansia secreta que parece rozar los hombros de todos los que la habitan. 

Hay casas donde, frente a la puerta, alguien ha dejado rastros de brujerías: hierbas secas, pequeñas figuras, señales que prometen protección o advierten de intrusos. Los vecinos, con sus historias, murmuran sobre tribulaciones que vuelven a la vida con frecuencias escabrosas, como si la ciudad misma reescribiera los dolores de quienes la cruzan. Y aun así, la idea de regresar es inevitable. Uno sabe que volver podría significar morir de hambre, sufrir, perderse, pero algo más fuerte que la razón lo impulsa: Santa Clara es un imán para la memoria, para el dolor y la maravilla.

El martillo de la acción golpea de pronto la cabeza: recuerdos que lastiman, imágenes que revientan con el ruido seco de lo imposible. Recordar duele, sí, pero también es alivio. Cada memoria es un hilo que ata la nostalgia al presente; cada pensamiento que parece aplastar abre un pequeño respiro, una rendija por donde la vida se filtra, tenue pero persistente. Y en esa tensión, en esa mezcla de deseo y miedo, de hambre y embrujo, la ciudad mantiene su poder silencioso: hace que uno quiera quedarse, aunque sepa que la muerte y la locura acechan en sus esquinas, en los trenes que chillan al entrar al andén, en los vientos que juegan con las palmeras. Santa Clara no se olvida, ni se explica, se siente: como nostalgia que duele y acaricia a la vez, como un martillo que golpea y a la vez libera. Quien la conoce sabe que, aunque el cuerpo huya, el alma siempre querrá regresar.

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