Por: Daniel De la Rosa
Sueño, diáfano cine interior. Nocturno soliloquio. Deseo y miedo tu motor perpetuo.
Cada noche el juez en el claroscuro de mi seso dicta con lengua precisa y onírica;
clarividencias fatales y otras fantasías de ensueño.
Mientras el necio rescoldo de mi persona ,(mi ego-yo),se empeña en dominar
aquellos bizarros laberintos cuando los párpados se cierran, se abre el telón. Silencio.
Primero, un callejón cual lobo hambriento muestra amenazante sus afilados colmillos.
Sedientos cuchillos se agitan y braman chirridos en crescendo hasta el ¡¡¡Estruendo!!!
Aturdido distingo unas manos maniqueas que intuyo le fueron prestadas a la Muerte.
Dedos rectos y grandes danzan místicos espasmos de curvilíneos diseños.
Tanto que danzan y danzan; que se estremecen y se estremecen apenas con el roce de las yemas que cuando en el clímax por fin se tocan brota una bruma violenta y púrpura.
Una nube que te embriaga de profundo sopor.
Mis párpados caen presurosas guillotinas mas en el último instante mi mirada se clava en la gótica escena de ciudad: un amenazador y solitario callejón.
En la intimidad de aquella calle truncada fue do escuché el sollozo de la Luna.
Su deprimente llanto impregna de tizne las paredes.
Do la vi relatar trágicas historias guardadas con celo en la tela de la araña.
Y do después se formó entre las pilas de basura una delirante penumbra desnuda de sombras.
Sombras, ¿serán fieras al acecho, criminales a la caza o almas en pena?
Si los cadáveres se cuentan por millones.¿acaso no han sufrido ya suficientes mártires?
No le sacian los cuerpos a la Muerte sólo devora su carne en ceremonial acto.Arcano e insaciable deseo.
Así como en el cúlmen desta pesadilla en la que las ágiles manos antes vistas mutan agresivas en un extraño ser-sombra apareciendo ante mí espejo vivo.
Horrorizado solo de soslayo me atrevo a ver el vacuo reflejo , instante en que percibo como ex-hilo entre mis dedos un metal frío se yergue vigoroso.
Poseído por el miedo y por el frenesí salvaje subido de la letal daga en mi mano clavo el hierro sin oposición del contrario.
En el cénit, y como pinchada por la espina de una rosa,la luna clamó agudo alarido.
La vida se le escurre entre las manos. Un último y titánico influjo vital convulsiona su cuerpo. La ya pálida sangra a borbotones de su vientre copioso río.
Y de eso, su plata se tornó carmesí. Presagio obvio de revelación maligna.
De vuelta a mí, sigo cara a cara con la sombra que tambalea agonizante.
Rendida cae a mis brazos y su rostro se revela al fin…
He muerto a mí mismo en defensa propia.
Epílogo
Heme ahí cazador y presa, inmóvil e inerte.
Funesta operación acontece y el sueño despliega al cuadra ¡una dimensión más dantesca aún!
Me escapo despertando convulso e inundado de sudor frío.
Respiro hondo y me siento al borde de la cama.
