El engaño

Por Víctor Ibarra (Argentina)

Iba en el tren, cuando la vi, una chica con la que salí un tiempo. Me gustaba mucho, pero la verdad no sé por qué nos dejamos de ver. La vi por varios minutos, hasta que cruzamos las miradas. Me sonrió y me acerqué. Nos saludamos muy bien, como si el tiempo que pasó en el medio no importara. 

-Hola, Alejandro. ¿Cómo estás, tanto tiempo? 

-Hola, Rocío, je. Mucho tiempo, ¿verdad?

-Sí, mucho. La verdad de tantos lugares que pensé en encontrarte, este era el último. 

-Ah, pensabas en encontrarme, qué bueno, jaja. 

-Y bueno, ¿para qué negarlo? En la otra me tengo que bajar. Anotá mi número y hablamos si querés. 

-Claro, dale. 

Hablamos mucho esos días, recordando lindos momentos. Me contó que últimamente iba a la iglesia. Me invitó un par de veces y quedamos para vernos el sábado. Empezaba a las diez de la mañana, con asado de por medio, ya que era un día especial para ellos. Era su día de gracias y por la noche era la reunión. 

Después de manejar por una hora llegué al pueblito El Zorzal, donde estaba la iglesia. Pensé, qué loco hacer semejante viaje para venir a una iglesia en un pueblo tan escondido. Pero al ir adentrándome más, me iba pareciendo que valió la pena el viaje. Llegué a la ubicación que me mandó Rocío. No parecía una iglesia, era como un granero. El terreno era amplio, había algunos animales y el humito ya empezaba a escapar de la parrilla que estaba en el piso. Era grande y redonda. 

Había varias personas en el lugar. Entonces, salió Rocío a mi encuentro. 

-Llegaste puntual, qué bueno. Dejá el auto ahí, no pasa nada. Me abrió una especie de tranquera, no muy grande, lo justo como para que entre un auto como el mío. 

-¿Cómo estás, Rocío?

-Bien, estaba tomando unos mates y contándole a los chicos de vos. 

-Ahh mira. 

-Vamos al fogón, que está lindo. 

Rocío me presentó a sus amigos. Hermanos, les decía ella. La mañana se estaba convirtiendo en mediodía. Hasta que llegó un señor con cara de bonachón, sonrisa amplia y barba. Era el pastor de la comunidad. Saludó a todos. Se tomó su tiempo para hacerlo. Se acercó a nosotros, me miró, sonrió y miró a Rocío. 

-Rocío, ¿este es el chico del que me hablaste, verdad?, dijo el pastor. 

-Sí, pastor. 

-Tiene cara de buen tipo. 

-No se crea, las apariencias engañan, jeje, dijo Alejandro. 

-Yo tengo un don para ver más allá de la piel. Bienvenido, Alejandro, qué bueno que estés en este lugar. Espero que te sientas cómodo y disfrutes del día. 

-Ya la estoy pasando lindo, gracias. 

-Perfecto, ahora se viene el asadito. Y a la noche, el plato fuerte, el culto. Te dejo tranquilo, acá con los chicos, voy adentro a arreglar algunas cositas. 

-Bueno, dale. 

De repente, vi que se llevaron el cordero detrás del granero. 

-Bueno, veo que van a preparar la comida, jaja, dijo Alejandro. 

-Sí, ya es hora, lo van a carnear, contestó Rocío. 

-¿De verdad? Yo lo dije en broma. Lo estaba acariciando hace un rato. 

-¿No te gusta el cordero? 

-Si si, me encanta, sólo que me pareció raro el hecho de que lo estábamos acariciando recién y ahora lo vamos a comer. 

-Ah sí, entiendo. Bueno, quizás él no sabía lo que le iba a pasar, pero no por eso no lo vamos a tratar bien. 

-Claro, tenés razón. 

El día se estaba yendo. La tarde arrimaba. Ya había comido hasta el hartazgo. La verdad, la pasé bien con la gente, pero no tuve ni un momento a solas con Rocío. Esperaba que se me diera después de la reunión y justo apareció Rocío y dijo: ¿Vamos a caminar antes de que empiece la reunión?

Yo contesté: Claro, esperé eso todo el día. 

Luego de caminar por el inmenso terreno y charlar bastante, me sentí tan bien con ella que no quería que empezara la reunión. Pero de repente, se acercó uno de los hermanos y nos pidió que entráramos, que la reunión iba a empezar. 

Pocas veces fui a la iglesia, pero esto no se parecía en nada a una. Ya sé que era como un granero, pero no tenía sillas ni ventanas. Tampoco instrumentos ni púlpito. Solo una mesa grande y muchas personas con túnicas blancas. Caminamos hasta el centro del lugar casi, cuando Rocío se alejó rápidamente de mí y dos grandotes se me pararon atrás. Me agarraron con fuerza los brazos y ahí lo entendí todo. Iba a tener el mismo destino que el cordero. 

¿Cómo no la vi venir? Por más que hacía fuerza, era inútil. Los grandotes me arrastraban a esa mesa, sin inmutarse. No tenía escapatoria. El pastor bonachón, que me saludó con mucho amor, me esperaba en la punta de la mesa con un cuchillo enorme y afilado. Mi corazón estaba acelerado. Buscaba alguna salida posible. Algunos ojos piadosos que se interpusieron a todo eso, pero no. Sus caras, desencajadas, llenas de odio, sedientas de sangre. Era imposible decir que eran las mismas personas, gentiles y bondadosas con las que compartí hasta hace rato. Buscaba a Rocío, pero no la encontraba. Me empecé a resignar, pero no dejé de luchar por mi vida. 

Me tiraron arriba de la mesa, como un muñeco de trapo. Me ataron las manos y pies. Me rompí la garganta gritando, pero era como si todo el pueblito estuviera ahí adentro. Esa gente disfrutaba de mi sufrimiento. Me rendí, me entregué, como aquel cordero. 

El pastor le hablaba a la congregación con mucho fervor. Decía cosas con palabras que no conocía. Se refería a mí como la ofrenda para su señor. No podía creer cómo iba a morir. Todos gritaban y elevaban un himno a su dios, mientras el pastor acercaba su cuchillo frío y afilado a mi cuello. Sin darme cuenta, dejé de gritar y mis lágrimas empezaron a correr por mis mejillas. El pastor elevó el cuchillo para la estocada final, cuando de repente oí un golpe muy fuerte en la entrada y escuché: “Alto, bajá el cuchillo, todos al piso”.

Veinte policías aproximadamente estaban dentro del lugar, armados hasta los dientes. No lo podía creer. Me salvé de milagro, como una película. Luego de un rato, vino una camioneta grande, donde se empezaron a llevar a todos. A mí me esposaron y me subieron a la patrulla. No entendía nada. Sin escalas, a la comisaría. 

Me llevaron a una habitación, con una mesita y una silla. Seguía esposado. No tenía reloj, ni celular. Estaba totalmente incomunicado. Según mis cálculos, habrán pasado una hora, cuando la puerta se abrió y entró un policía. 

-Gracias por salvarme- seguía un poco acelerado y nervioso. 

-¿Sabés por qué estás acá?, me preguntó. 

-¿Por qué me quisieron matar? 

-¿Además de eso, no sabés por qué? ¿O te hacés el boludo? 

-Señor, ¿qué quiere que le diga? ¿Que soy parte de esta organización y que me ofrecí para que me achuren delante de todos voluntariamente?

-Te salvamos el culo. Por lo menos, sé hombre y confesá. La mayoría de mis compañeros quería que te clavaran el cuchillo y luego entrar. Así que no te hagas el pelotudo. Gracias a mí estás ahí sentado respirando, cagón. 

-Pero…

-¿Pero qué? ¿Dónde están las minas? ¿Dónde las escondiste? ¿Qué hiciste con ellas? ¿Vos te pensás que estábamos investigando a esa secta de cuarta? Hace tiempo que te venimos investigando a vos. Ya es hora de que cantés. ¿Qué hiciste? Esa piba que te llevó a ese lugar iba a terminar como las otras, ¿verdad? Decime, Alejandro, ¿las mataste? 

-No lo puedo evitar. Es que cuando me enamoro hago cosas que la razón no entiende.


Víctor Ibarra nació el 4 de noviembre de 1981 en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Sus pasiones son jugar al fútbol, tocar la batería y escribir. Comenzó a estudiar Letras en 2012 y si bien no terminó sus estudios, desde ese momento, siguió escribiendo cuentos. 

Dejar un comentario