Por Luis Carlos Roa Gil
La sala es cómoda y sencilla, con las paredes ennegrecidas y amueblada con una mesa y sillas. El fuego arde agonizante en la chimenea, y la luz se refleja en los ojos del niño que está enfrente de mí.
—Érase una vez. Así comienzan muchos cuentos, pero este es distinto m´hijito —digo, sonriendo—. De pequeños nos enseñan que Simón Bolívar fue un gran héroe, y que los chapetones vinieron a saquear todo cuanto teníamos, el oro, la tierra, y destruyeron nuestro idioma; sin embargo… —Hago una pausa y bebo un sorbo de agua—. Te contaré una historia de verdad.
—Sí, por favor, deseo escucharte —dice el niño y cierra su libro.
Entonces miro a los espíritus que están sentados y comienzo a narrar lo siguiente:
«—Cuando llegué al pueblo, el cielo ya estaba oscuro y las estrellas titilaban, titilaban y su luz espectral inundaba la Tierra después de miles y miles de años. Me ubiqué junto a un árbol, oculto a medias por las sombras, y observé a los patriotas que habían sido reducidos a prisión con cruel despotismo; indígenas, morenos y mestizos eran tratados como bestias. Veíase ahora esos hombres amarrados espalda con espalda en la plaza; los más jóvenes temblaban, los viejos aguardaban en silencio. En ese momento advertí que la gente miraba expectante desde las ventanas de sus casas y, más allá, la luna empezó a iluminar las torres y cúpulas de la iglesia. Una silueta cobró forma y se acercó amenazante con su sable:
“—¡Sois demasiado lentos con esta alimaña, hacedlo rápido que no hay tiempo! —rugió un general de piel pálida.
»El soldado más grande tomó su lanza, atravesó el cuerpo de nuestro sargento y este cayó rostro al piso.
“—Me lo he cargado bien, ¿verdad? —preguntó el imbécil y todos rieron:
“—¡Ja, ja, ja; ja, ja, ja!
“—¡No muestren misericordia, matadlos a todos! —ordenó el general y así fueron ejecutados, hombres, mujeres y niños.
»¡Oh!, ¡qué irónico era eso! Los mismos que acogieron a los huérfanos en Navidad eran ahora nuestros verdugos.
“Cuán grande es mi desconsuelo, cuán grande es mi pena. Estas imágenes que me llegan al corazón; estas lágrimas que anegan mis ojos; estos recuerdos que nunca olvidaré me perseguirán por la eternidad”, pensé y me alejé en la penumbra.
»Era un día húmedo y tenebroso cuando me enlisté en el ejército rebelde. Esa noche mordisqueé un pedazo de pan e imaginé que me encontraba en casa con mi madre y comía los manjares de la cena. Pronto llegamos a la ciudad y encontramos que había sido saqueada, más no doblegada. En el templo, el párroco nos tendió su mano y los campesinos nos dieron sus ruanas y sombreros. Allí estaba el Cristo de los pobres mirándonos desde el altar, sus ojos misericordiosos nos contemplaban.
Santiago, mi hermano Santiago se prosternó y oró:
“Amado Señor, no nos desampares en estas tinieblas, en estas horas venideras. Gracias por darnos la vida, por darnos fuerzas para seguir adelante. Te pido que nos acompañes en la guerra, alcanzaremos la victoria con tu ayuda, y permíteme ser tu siervo hasta el final de los tiempos. Amén.
“—Pero, ¿esta guerra es por voluntad divina o acaso es un mal sueño? —pregunté, señalando la estatua.
“—¡No debe decir eso! —exclamó Santiago estremeciéndose, mientras con su brazo me tomaba del hombro para darme ánimos. —Los designios del Señor son inexplicables, tenga fe y ganaremos la batalla, nos alejaremos de esta maldita carnicería.
»A la mañana siguiente los periódicos se ocuparon de las noticias. Estaban los nombres de los caídos escritos con su propia sangre; fueron sacrificados por la gloria del imperio, por orden del Pacificador. Queríamos destronar al tirano, devolver la riqueza al pueblo, lo que haríamos sería juzgado por la Historia.
»Con el albor de la neblina el enfrentamiento fue horroroso. Esa mañana maté por primera vez y me convertí en un hombre, un hombre lleno de dolor, de angustia. Los jinetes vencieron a los Basiliscos en el páramo, las líneas invasoras huyeron presas del terror y todo fue júbilo, pero, aun así, el cielo azulino se desgarró poco a poco…
Yo me acerqué a un cadáver enterrado en el lodo y exclamé, contemplando los confines del orbe:
“Ellos también son nuestros hermanos. ¿Cómo podemos quitarles la vida de esta manera, incluso si son nuestros enemigos?
»Al regreso las mujeres nos cubrieron de besos y los juglares entonaron canciones. En las canciones, los monstruos paridos del averno agonizaban entre gritos, mientras el libertador montaba a lomos de su caballo blanco y nos conducía al Cielo; pero la vida no es una canción, la vida es indigna y la historia la cuenta el vencedor.
»Transcurrieron los días, los ángeles lloraron y los poetas acallaron su voz. Vi chozas y casas que languidecían con el tiempo; tristemente las flores refulgían en las tinieblas, y así el invierno congelaba mi cuerpo, congelaba mi espíritu; vi abismos, lagunas y ríos en la sabana; vi a los lanceros enfermos con sus ropas andrajosas e impregnadas de sangre, la sangre que se vertió en la tierra de Bachué. Todo cuanto quedaba no era más que un recuerdo, era mi destino luchar esta guerra, pues ni el frío ni el desierto nos detuvieron, aún había esperanza.
»El sol se ocultaba ya cuando me despedí de mi esposa con el más filial amor que un hombre puede dar. Me encaminé a la lucha mientras las campanas entonaban su doblar, y sin saber por qué, no pude dejar de pensar en lo que había sucedido.
“—¡Será el fin para vosotros! ¡Por el Rey, por España, por la corona venceremos! —exclamó una voz fuerte como el acero, sombría como el verdugo que lleva sus presas al matadero.
»Las trompetas resonaron en el Reyno de la codicia, del deshonor. Entonces los cañones rugieron, los caballos caían destrozados a mi lado, las espadas se hundían en la carne y Santiago murió de pie, como un verdadero guerrero. No pude más, y mi voz se desvaneció hasta convertirse en un susurro…
“—¡Retirada! ¡Retirada!
»Los realistas abandonaron el campo de batalla fustigados por la avanzada patriota.
“—¡Viva América, viva la libertad! —exclamó una mujer y, por fin, yo pude descansar; cerré los ojos y supe que era el momento de partir al Más Allá.
“El viento ululó y el río carmesí trajo consigo a la Muerte que lloró conmigo. Allí yacían mis hermanos moribundos, unas sombras, unos fantasmas observando el pasado con una sonrisa”.
Ahora el niño se levanta, recoge su libro y dice:
—Gracias, abuelo por contarme tu historia, ya es hora de dormir y tengo sueño.
El fuego de la chimenea se extingue, mi nieto da media vuelta y se dirige a su habitación. Yo me quedo solo y pienso en el futuro.
«Entonces, ¿cómo me recordarán cuando mi espíritu se haya desvanecido?, ¿cómo vivirán ustedes en un país donde aún no hay libertad?»
