Por: Yasser Márquez Verástegui (México)
Había certeza de que estaba solo en casa. La única luz era la lámpara de piso que ella puso en la sala hace tres o cuatro años. Fue un regalo para festejar una reciente publicación. Después de que se fue reforcé, y me concentré día y noche, en la idea de que nadie se ausenta cuando se le tiene presente. En cuerpo y pensamiento me dediqué cada día a recordarla y concebirla en todas y cada una de las cosas que hacía. Si ponía una película, sabía en qué momento reiría o brincaría asustada, según la película, las pausas para el baño, la botana, la bebida. Todo lo tenía milimétricamente analizado. Cada paso, cada movimiento. Ella seguía presente. Conmigo.
En realidad no fue mucho el tiempo que pasamos juntos, ahora mismo se cuenta más tiempo desde que se fue. Pero ella era del tipo de personas que llenan todo el espacio donde sea que estén. Ella, difícil de no mirar. Ella, reluciente siempre. Desde el primer segundo que dejó de estar sentí una fuerza de vacío que me estiraba todo el cuerpo, era como un hombresillo sin traje en el espacio exterior, helado, sin aire, sin atmósfera. Ahora que lo pienso, recrearla no fue una libre elección, sino un mecanismo de supervivencia. Ella era ese ambiente propicio en el que podía respirar y alimentarme. ¿Quién podría permanecer tan tranquilo si no?
Había certeza de que estaba solo en casa. Bueno, ella estaba ahí conmigo, igual que los últimos años, pero era mía, su voluntad y su comportamiento habían quedado estáticos desde el día que se fue. Su guardarropa era el mismo, ni una prenda nueva, ni una prenda desechada, los cortes de cabello, el tinte cada cuatro meses, porque “me gusta que se vea la raíz, pero tampoco que crezca tanto”. Aprendí todo de ella y no agregué nada más, era perfecta, ahora era mía, todo su ser, su comportamiento, era un libreto que había escrito y ella seguía meticulosamente. Por mi parte me esforcé cada día en cuidar el mínimo detalle. Aprendí a cuidar sus plantas, años después todas siguen en pie, el rincón verde junto a la ventana está tal y como ella lo tendría. Tampoco he cambiado mi guardarropa ni he experimentado un peinado nuevo todo este tiempo, la misma rutina, corte de cabello a rape dos veces por año. Corte de barba cada dos o tres meses. Tenis siempre del mismo estilo. Con la ropa es más difícil, el color se ha perdido y en general la tela se ha desgastado. No sé cuántos ciclos más resista. Pero todo se mantiene sin grandes alteraciones.
Entonces había certeza de que estaba solo en casa. En medio de la charla ella se había levantado de mi sillón para ir al baño, a la misma hora de cada noche de viernes de vino y queso. De alguna manera que aún desconozco mientras volvía del baño ella “despertó” súbitamente. En lugar de volver a sentarse, permaneció frente a mí mirándome. Me hablo de una manera sonora, casi estruendosa. Resplandecía como antes de que se fuera, otra vez llenaba el espacio. Era evidente el contraste. Miré a la puerta, seguía cerrada con llave, las ventanas cerradas como cada noche. Sus ojos eran diferentes de los últimos años; diferentes incluso de los días en que nos conocimos. Parecían más oscuros. Me miraba extrañada. Quizás esperaba respuesta o simplemente que dijera algo, ¿qué fue lo que dijo? ¿Era una pregunta? ¿Una afirmación?
⸻¡Volviste! ⸻dije emocionado⸻. ¿Pero… cómo?
Para quien lo dude, todo el tiempo he estado en mis cabales, todo el tiempo he sabido lo que hacía.
⸻He estado aquí todo el tiempo, lo sabes ⸻respondió con un tono de sorna que nunca antes había usado conmigo, ni antes ni antes de antes.
Volvió a sentarse en el mismo lugar que lo hacía cada noche, tomo un pedazo de queso y bebió de la copa de vino, la única copa servida, la mía.
Cómo explicar que era ella pero a la vez no lo era, había adquirido voluntad propia, y un creciente desdén hacia mí. Día a día el espacio se fue vaciando, poco a poco volví a sentir esa fuerza de vacío que me estiraba todo el cuerpo, otra vez un hombresillo sin traje en el espacio exterior, helado, sin aire, sin atmósfera. Después de que volvió reforcé, y me concentré día y noche, en la idea de nadie puede permanecer si no se le tiene presente. En cuerpo y pensamiento me dediqué cada día a olvidarla y destrozarla. Mucho tuve que cambiar en mi rutina. Nuevamente el instinto de supervivencia. Comencé a salir de casa desde temprano y no volver hasta entrada la noche, de ser posible paso la noche en cualquier otro lugar, por saber que invariablemente estará ahí cuando vuelva, ella, en un espacio vacío… esperando.
