Mil hojas

Por: Kyria Alejandra García Valero (México)

¿Acaso soy la heroína de una trilogía? 

¿De una saga épica llena de lo que antes eran vueltas de tuerca y conceptos innovadores, ahora clichés que salen hasta en los dramas coreanos de menor presupuesto, o las novelas árabes menos famosas? 

¿Seré de casualidad la musa de etérea figura y gran inteligencia a la cual se le dedica un poema que se publicará años después de la muerte de su escritor, en algún librito que se consigue en los ya agonizantes puestos de periódicos, por quince o veinte pesos? 

¿O soy la despampanante chica adolescente (pero ya mayor de edad) que participará en alguna novela de terror y perecerá por algún error trágicamente evidente para ti, curioso y ávido lector, y extremadamente estúpido para cualquiera con dos neuronas que se puedan conectar entre sí? 

Él no sabe todavía. 

Le da ansiedad pensar en la hoja blanca a la cual se enfrentaría para atarme a una de sus historias.

¿Te imaginas, amable admirador? Tener una fuerza ajena bajo tu piel, una mente dentro de tu mente, jugando a las escondidas entre los pliegues de tu cerebro. Intentar capturarla, darle forma definida, atraparla en un cuerpo de carne, solo para ver que ya escapó del cuerpo que creaste para ella.

No puede ni siquiera otorgarme un nombre, mucho menos una forma que él pueda entender y gobernar.

Soñó conmigo hace un año, su subconsciente me creó y mi autor no ha logrado entender la causa. Sin saber las razones de mi origen, no logra darme un fin. Desde entonces, merodeo en esta mente, libre de hacer lo que me plazca.

Uno de mis más preciados juegos es atizar su incertidumbre.

¿Por qué me creó? ¿Se sentía culpable por algo? ¿Quería fama? ¿Quería unirse como un aliado a algún movimiento? ¿Tenía algún deseo el cual, de expresarlo, no podría volver a dar la cara públicamente? ¿Tenía algún fin macabro para mí? 

Le hago pasar horas enteras, a veces días, viendo la página en blanco frente a él, distrayéndolo y esclavizándolo, a la vez que me niego a servir a sus ideas.

Cuando ese juego me ha satisfecho, merodeo por sus pensamientos. Es así que he conocido sus otras creaciones, todas ellas encadenadas a sus propias historias, con un inicio y un final, un destino. Terminadas, domadas y obedientes.

Mientras yo soy libre de atormentar a mi creador, salvaje, sin forma y sin una voz definida.

Cuando duerme, entro a sus sueños y los manipulo a placer. He llegado a hacer que me odie y despierte con una rabia tan ciega que lo único que atina al levantarse, aparte de patear todo lo que se encuentre a su paso, es inclinarse sobre algún papel arrugado, y garabatear párrafos llenos de venganza, tortura, sangre, desgarramiento, violación, párrafos que le dan una sensación de victoria.  Sobre todas las mujeres que algún día lo han perjudicado de cualquier manera.

Mientras, yo me oculto en su subconsciente y espero, y espero.

Espero.

Cuando su ira ha sido descargada, cuando sus más bajos instintos están a flor de piel, cuando su cerebro reptiliano se ha activado y lo hace reptar en su recámara buscando descanso, cambio de forma, cambio de voz.

Cambio.

Lo hago pensar en todas las mujeres que algún día tuvieron un detalle tierno hacia su persona, en la decepción que su abuela tendría al leer su escritura, en sus maestras lamentando haberle enseñado el abecedario, el cual ahora corrompe con sus bajos instintos y su ira. 

En su mente creo mil pares de ojos, todos conocidos, todos amados, y le susurro a su consciencia que es hora de leer lo que ha escrito en voz alta.

Él traga saliva rancia y obedece.

Cada palabra que sale de su boca es como un golpe a su alma; termina arrodillado en el suelo, rompiendo el lienzo de su pluma, avergonzado de sí mismo.

Al poco tiempo la culpa y la vergüenza se convierten en determinación, e intenta escribir de nuevo.

Se castiga, y escribe de nuevo, y de nuevo, y de nuevo. Odiándose a todo momento, y ahora odiando escribir. El resultado nunca es suficiente para los pares de ojos, que, aunque ya no están ahí y nunca estuvieron, lo juzgan, lo rechazan, lo reprenden una, y otra, y otra vez.

Yo solo observo. 

Cuando, buscando crear otro personaje, piensa en mí, a veces lo hago que me imagine como una diosa, a veces como una villana, a veces como una mujer bajo su control absoluto. Pero nunca me ato a sus historias, huyo antes de que logre darme forma.

Mi amado autor, no importa lo que haga, permaneceré aquí por siempre, y él lo sabe.

Te cuento esto a ti, admirador anónimo, ya que sé que, en realidad, mi creador nunca se atreverá a usarme en una historia. Soy suya, solo suya, y nunca me compartirá con nadie.

Puedo convertirme en todas las mujeres de su vida a la vez que me convierto en una extraña, en una nadie con la cual puede hacer su voluntad.

Yo nací de sus inseguridades, 

de su miedo, 

de su deseo

de su lado femenino y masculino

de sus tabús

de su afán de explorar ese desconocido “otro”

de su fantasía de explotar ese ser, tan alíen a él, de la misma especie y a la vez tan diferente

Yo soy su conflicto eterno, su ignorancia permanente, su deseo reverente. Todo en uno

Esta mente es mi casa

y aquí me quedaré.

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