Por Alejandro Jacobsen (Argentina)
Discutimos con las sombras,
hasta formar un coro que escapa por el pasillo…
(Jorge Rivelli)
Y los clientes dejaban de entrar cada vez al local; y la zapatería, vacía de rumiar agrio, se apagaba. El cartel de Hoy no se fía era una burla que cada mañana ensombrecía el amanecer.
A veces, creía que el olvido nunca lograría aliviar este tiempo presente, rígido, este tiempo presente que solo lo hacía mirar hacia atrás; que lo empujaba hacia una única salida, hacia un futuro que lo llevaba de vuelta al pasado, convenciéndolo de caminar, con zapatos bien lustrados y relucientes, sobre su memoria, pisando descalzo sobre recuerdos, avanzando siempre hacia atrás.
Domingo lleva el nombre y la profesión de su abuelo, es que su papá Giuseppe tenía claro cómo debía ser su descendencia, cómo su historia tenía que continuar por estas pampas. Domingo debía seguir tejiendo, eslabón tras eslabón, la larga cadena de zapateros que Giuseppe le encomendó; que Giuseppe trajo desde una lejana Italia, luego de cruzar aguas y trepar barcos. Y, como alumno o como vencido, Domingo no podía salir del encadenamiento pulcro en que estaba resignado y que día a día solo sabía volver a seguir. La zapatería era una obra que él debía continuar, pasarla a su siguiente generación, él tenía sobre sus espaldas y sobre su conciencia, el peso de piedra y cemento del deber, del no escapar, el de sostener el oficio.
La vida de Domingo está marcada, marcada por el pegamento con el que repara, la cera con la que lustra y las manos con las que trabaja cada zapato. El poco trabajo y los profundos silencios en que solía hundirse, casi lo obligaban a tomar con especial y exagerado esmero cada pequeño arreglo, cada mínima reparación que le llegaba al mostrador. Incluso, solía comprometerse, dar su palabra y desafiar a su propia experiencia, asegurando que podía reparar zapatos o botas que no solo no tenían un arreglo digno, sino que eran trampas que muchas veces hacían gastar demasiado dinero en materiales y accesorios y él quedaba obligado a debatirse contra la rotura en largas noches y madrugadas. Podía pasarse horas arreglando una suela, pegando el fondo de un zapato, metiéndose en él, quizás para olvidar.
Sobre la calle Sucre, a pocos metros de la avenida Colón, en plena ciudad, Domingo abre cada mañana su zapatería. Desde el fondo del local, surge reiterado Domingo, abre una pequeña puerta de madera que une el mostrador con una de las paredes, camina lento todo el largo pasillo central del local, siente en sus manos el frío de la cadena con que levanta cada vez la persiana de metal y, con gesto helado, gira el cartel de Abierto y cerrado, un cartel que ya casi nadie nota o le cree. Pese a los largos años y al reiterado gesto de abrir su zapatería, Domingo recibe cada vez a menos gente, cada vez menos clientes lo recuerdan, y él los envidia.
Quizás la soledad y los pasillos silenciosos de su taller eran la escena que Domingo buscaba construir como parte de este ensayo de zapatero que cada día escribía entre suelas, cordones y costuras. No importaba la cantidad de gente que podía entrar al local, la cantidad de clientes que Domingo pudiera atender, el local debía seguir, el oficio debía permanecer; la mirada de su padre desde el cuadro colgado sobre la pared descascarada lo sostenía.
Apenas se ingresaba al local, se notaba que la zapatería era un lugar con poco aire, con muchos silencios; con grandes pilas de botas y zapatos que nunca fueron reclamados por sus dueños y que caían en un olvido lento y largo, un olvido que no alcanzaba. Un calendario del año anterior se sostenía aún en pie, apenas colgado justo detrás del mostrador, un mostrador roído por el tiempo, áspero y torcido que guardaba algunas pomadas, cepillos de lustrar y plantillas. Un afiche con un antiguo modelo de mocasín llenaba el pasillo principal del local, y las baldosas, ya de varios colores y modelos, con marcas de reparaciones y parches, soportaban el peso de los pocos pasos que solían andar. Un ventilador que no funcionaba colgaba del techo, junto a un par de lámparas que apenas podían alumbrar. Allí pasaba su vida Domingo, siempre calzando unos anteojos marrones, de marco ancho y cordones negros que le rodeaban la nuca. Con una habitual lapicera en el bolsillo de la camisa y sus callos, unos profundos callos en las manos grandes y algo temblorosas.
Domingo, con sus pasos lentos y repetidos, su boina gris y barba canosa, era el arquitecto detallista y minucioso de aquella construcción de soledad y silencio que se erigía dentro de su zapatería. El silencio y la soledad no eran motivo de melancolía para Domingo, él había logrado convertir todo eso en sus armas y herramientas para levantar una muralla alta, un paredón ciego y rústico, inmenso, con el que, si se lo proponía, podía sepultar tantas generaciones de zapateros como fueran necesarias y en ese mismo instante. En la cabeza y en el pecho de Domingo, se pegaba un gran remiendo que mostraba todas las generaciones anteriores, todas las manos impregnadas de pegamento y gastadas de tantas costuras, todas las historias de zapateros de la familia quedarían sepultadas en el centro de la ciudad, todas empujadas por un tiempo que se le caía encima, primero a Domingo, luego a Giuseppe y después, también al resto de italianos zapateros; y el olvido, el olvido esquivo que no terminaba de llegar.
Una vieja radio lo miraba desde el estante más alto, sin sonido, cubierta de polvo; era testigo mudo de los días, más por resignación que por costumbre. Una radio que antes supo traer rezongos de periodistas en las mañanas, raros concursos y bromas en las tardes, algún partido de Belgrano en alguna de las categorías de ascenso y unos tangos, esos tangos que hoy son el ciego mundo de Domingo.
―Hijo, subí el volumen que ese tango me gusta; ―dijo una vez en voz alta, mientras estaba solo detrás del mostrador de su zapatería, ordenando una vez más los cordones que siempre estaban ahí colgados.
Domingo había leído un solo libro en toda su vida, y de todas aquellas páginas de Borges, solo le gustaba recordar unas que elegían al olvido por sobre la venganza y el perdón. Es que en su mente, soñaba con ganarle la pulseada a la memoria, esa esquiva y porfiada memoria que lo buscaba y encontraba pese a inventar escondites y cuevas en todos los rincones de su zapatería. No bastaban las peleas con su sombra para escapar por los pasillos de su local.
Había días en que no entraba nadie en busca de remiendos y arreglos, días enteros en que nadie necesitaba pomada, calzadores o cordones; absolutamente nada. Y Domingo no tenía forma de escaparle al recuerdo de su hijo, preso en Santa Fe; quizás por esquivar el oficio de la familia. Porque la búsqueda de soledades y silencios en los pasillos de su zapatería tenía nombre, o una historia.
Estaba convencido de que su labor lo apasionaba, aunque no podría definir con precisión qué era la pasión, de qué se trataba ese sentimiento poco controlable y que a veces le parecía una salida. Cuando su mente quería llevarlo por los caminos del recuerdo, Domingo escapaba hacia la vieja y pequeña cocina, abría la desvencijada heladera y se servía un angustiado vaso de vino. Ese gesto, repetido, retórico y mecánico lo ayudaba a reencontrarse con su olvido, con esa constante lucha contra la memoria.
Así, inmediatamente arrancaba un ciego y circular deambular por el local, saboreando o intentando saborear un vino, imaginando o intentando imaginar la llegada del atardecer, confiando o ya seguro de que el silencio y la soledad de los pasillos de la zapatería lo ayudarían también a reparar, arreglar y pegar su olvido; esquivando a esa mezquina memoria y ese terco recuerdo que siempre lo hundía en el mismo lugar.
No le gustaba asomarse a la puerta del local, mostrar su impaciencia y anhelo de recibir aunque sea un cliente, o descubrir su íntimo deseo de que alguien simplemente le pregunte el precio de las sucias botas que tenía en la vidriera y que él ya no podía recordar que estaban allí. Nunca pisaba la vereda, así, lograba esquivar saludos forzosos y miradas extrañas, este rito de permanecer dentro del local lo respetaba ciegamente. Prefería mirar seguido al reloj colgado en la pared, un reloj ya sin pilas hace mucho tiempo; o simular que ordenaba alguno de los estantes con zapatos y botas a medio reparar, esos que alguien algún día dejó y no volvió a retirar, moviendo los calzados de un sitio al otro y luego volviendo a repetir la misma acción al revés, regresando todo al lugar inicial. Este acto lo hundía a Domingo en una paz sombría.
En el barrio, Domingo era solo el zapatero, en la vida, en medio de la ciudad, Domingo era un hombre solo, buscando un olvido. Él sabía, se convencía cada día, que él sería el último que iba a sostener la mecánica de levantar la persiana de la zapatería a la mañana, bajarla en cada atardecer y, distraído, girar el cartel de Abierto y cerrado cada vez.
*Alejandro Jacobsen nació en Florida, en la provincia de Buenos Aires (República Argentina), el 25 de febrero de 1973. En 2018 se radicó en la ciudad de Tanti, en la provincia de Córdoba. Es autor del libro Tormenta/textos, editado en 2018 por La Porteña editorial y de la novela La pequeña vida de Don León, editado en 2023 por Alción Editora.
