Por Freddy Quiñones Serran (Perú)
¿Locura rencorosa o locura embriagadora? Te apuesto que no podrías inclinarte por una opción. Es difícil, pero eso importa poco. Decidir no va a librarme de la muerte. Por qué giras la cara. ¿Quieres que me calle? Ya es tarde para eso. Ahora aceleraremos hasta aplastar nuestras almas contra el infierno.
La idea se me ocurrió después de la cena de Nochebuena. Ella estaba cayéndose de sueño. ¡Pobre pequeña! Obligarla a esperar a un niño del cual aún no conocía el nombre ni su trascendental paso en la historia humana. Los fuegos artificiales incendiaban los cielos, callaban la ciudad, espantaban a los perros, distraían con vergonzosa estupidez a los pirómanos que los contemplaban. Era mi momento. Sacudí con ternura sus hombros para despertarla y le dije que pasando el patio le esperaba un regalo que nadie jamás podría darle. Sus ojos se desorbitaron con la codicia con que los humanos arrastramos desde el inicio de los tiempos, y tomados de la mano atravesamos la sala, el pasadizo y la cocina. Yo sabía que la casa tenía una puerta trasera, cuando era niño solía ingresar para jugar con Antonia al papá y la mamá o escapar mágicamente de su ogra madre. Nadie me vería salir, podría llevarla a la caseta del monte, no menos de dos cuadras de distancia, dejarla dopada, volver a la casa y descartarme como sospechoso.
Así sucedió, no me precipité como los idiotas criminales para hacer notar la ausencia de la víctima. Cualquier movimiento, cualquier palabra mal dicha o leve sonrisa, podría incriminarme, por lo que dejé que los eventos se dieran sin ninguna intervención de mi parte. Eso sí, en el momento de la desesperación, de la angustia materna, lloré mordiéndome los labios como lo hacían los antiguos románticos.
¿Quieres que me calle? De nada va a servirte. Estamos en la misma cárcel, en el mismo crimen, en el mismo infierno. ¡Vamos, gira a mirar estos ojos que ya se hacen grises, ya negros, ya de ningún color! Sé que ansías recordarlo; su piel de leche tibia, sus manos diminutas agitándose en el aire, sus ojos frescos, sabrosos, faltos de formas y colores. No podemos olvidarnos de nuestra primera víctima, no nos mereceríamos el infierno y la horca si hacemos esto.
Te arrepientes de asesinar a cinco niñas, de asfixiarlas, porque es la forma más precisa para mantener frescos los órganos, aunque solo nos importaban los ojos, devorar la luz y los colores que empezaba a apagarse en nosotros ¿Por eso lloras?
Piénsalo bien, cada año nuestra furia crecía, las vitaminas ni los tratamientos en secreto funcionaban, nos caíamos más a menudo, nos alejábamos de la vida nocturna y una borrachera podía ser la última. “Esto no viene del cielo”, fue todo cuanto dijo el oftalmólogo para consolarnos. ¿Acaso nos merecíamos tan horrenda enfermedad?, ¿no habías pasado tus noches llorando por las masacres en la sierra, en las protestas de Lima, Juliaca y tanto convulsionado lugar de este caricaturesco país? Y qué me dices de las limosnas a los mendigos de Balta, de los que rodean el banco de la nación y los otros bancos, de la plazuela y Elías Aguirre, de aquella vez en que nos moríamos de hambre y, sin embargo, le entregaste tu hamburguesa y agua a esa mujer vagabunda y horrible.
Era inevitable que nuestra mente se trastornase y que el comentario de la tía Anita tomará fuerza porque la desesperación desconoce el razonamiento. Si comer los ojos de los peces nos daría una excelente visión, por qué esa misma lógica no se daría en animales más grandes. Así empezaron a desaparecer los perros y gatos de la ciudad, un año en que los animalistas lloraron más que cualquier otro porque no podían entender tantos accidentes en el mismo escenario; el río, si Manchas o Zeus estaban a kilómetros. Y cómo podían identificar que el verdadero asesino extraía solo los ojos si los gallinazos eran buenos chivos expiatorios. Pero no funcionó, nada había mejorado…
¡Mírame! No me iré a ningún lugar, ninguno de los dos puede escapar del destino ni de nosotros mismos ni de esta cárcel ni de los hombres enfurecidos allá afuera ni de los demonios encantados aquí adentro. Somos un ser fuera de su ley, somos el lado destructivo, somos un monstruo. ¿Por qué lloras? ¡Maldita sea! Todos tenemos esa naturaleza, solo necesitamos el germen que empiece a contagiar nuestro organismo y nuestra alma.
¿Quiénes están en la cima de la cadena alimenticia? Los seres de mayor evolución podían tener más probabilidades de que la idea de la tía Anita funcionara, además se dice que los vampiros beben la sangre de jovencitas para mantenerse siempre jóvenes. Era claro, la histeria humana, sus creencias, supersticiones y fantasías desembocaron en este monstruoso ser que somos. No llores, no nos corresponde, que sean ellos los que en sueños comprendan todo el mal que son. Ya vienen por nosotros, su furiosa justicia no va a darnos ni un minuto más de vida, no tendremos los juicios de los irónicamente hombres de bien. Nos vemos en el infierno, aunque no vamos a notar ninguna diferencia.
Gabriel Gonzales fue ejecutado extrajudicialmente en una especie de horca que improvisaron en el Fico, un árbol gigante del cual se decía era morada del diablo. Mientras aún sus piernas se agitaban, Antonia le arrancó los ojos con unos tenedores de plata.
El autor tiene Bachiller en arqueología y estudiante de Educación primaria, con publicaciones de relatos cortos: ¿Solos las piedras no se comen?, El huésped de mi infancia y Cambio de gusto.
