La trampa de Papá Noel

Por Juan Pablo Goñi Capurro (Argentina)

Las navidades son épocas de aislamiento para mí. Llega diciembre y evito recorrer las calles céntricas donde se agolpan las tiendas; temo encontrarme con un Papá Noel de cotillón y cometer un desatino. Desde mis once años lo aborrezco, nada me enfurece más que ver a un hombre vestido de rojo, con falsa barba blanca, riendo con voz impostada. Tengo motivos, claro que tengo motivos. Él fue el culpable de la peor Navidad de mi existencia.  

Once años tenía, edad suficiente para comprender ciertas cosas. Entre otras, que no existía un señor que vivía en el Ártico y descendía cargado de regalos por millones de chimeneas, la misma noche, a la misma hora; según los cuentos que ya no funcionaban para mí, incluso lo hacía en casas sin chimeneas, como la nuestra. Consideré una afrenta que mis padres continuaran sosteniendo esa comedia pese a mis argumentos de rechazo. Esperé con ansias ese 24 de diciembre, única oportunidad para ejecutar mis planes. 

Aquella nefasta Nochebuena la pasamos con mis tíos: Clara, hermana de mamá, y su esposo Ángel. Vino con ellos Patricia, mi prima pequeña. Cenamos temprano, la tía tenía guardia nocturna en el hospital; para las nueve, estábamos con el postre dentro del estómago. Como sucedía en cada cena navideña, nos fuimos a dormir; papá y mamá acostumbraban a despertarnos a las doce en punto para buscar los regalos que había dejado el misterioso Papá Noel. Por lo general, caíamos rendidos tras corretear durante todo el día, no había manera de aguantar despiertos hasta la medianoche. Pero, ya lo he dicho, yo había cumplido once años; a esa edad podía administrar mejor el cansancio.  

Mi plan era simple: atrapar a mis padres cuando colocaban los regalos bajo el arbolito, en nombre del señor del Polo Norte, única manera de desenmascararlos. Efectué una actuación convincente para cumplir mi propósito. Obedecí sin protestar la orden de ir a la cama, tras beber el dedo de sidra que nos daban a los niños mayores. Me acosté en la habitación con Javier, mi hermano menor; la prima fue con mi hermana. Simulé dormir cuando, media hora más tarde, mamá pasó a controlar y nos dio besos en la frente. Esperé. Un reloj digital con números rojos me fue informando del paso de las horas. Faltaba para las once cuando escuché los ronquidos de papá, poderosos como una locomotora. Me dije que no podían demorarse mucho más en dejar los paquetes; mamá tenía que poner los regalos, después debía despertar a papá y venir por nosotros. 

Escuché unas risas leves; supuse que el tío cumplía la parte de mi padre. Bajé de la cama. Caminé descalzo, abrí la puerta del cuarto con extremada lentitud. Oí ruidos sordos en la sala. En puntillas recorrí el pasillo, ensayaba en la mente el grito que daría para asustarlos. ¡Vaya si los asusté cuando exclamé «piedra libre a los tramposos»! Había acertado, el tío cumplía la parte de papá, con los pantalones en los tobillos, en tanto, mamá tenía la falda a la altura del cuello. A los once años, ya sabía lo que estaban haciendo —aunque me causó otro efecto ver en directo lo que conocía por láminas—. Como mi voz aún era aguda, el grito fue estridente; papá llegó corriendo a los tumbos, no dio tiempo a esconder las pruebas. Por un pelito no terminamos en las páginas de policiales. 

Años de análisis no lograron modificar la sentencia que apliqué esa noche: Papá Noel fue el culpable de la destrucción de mi familia. Por ende, perdonen que no visite siquiera las redes sociales en esta época, no sea cosa que me choque con su imagen y destruya la pantalla del teléfono o el monitor de la computadora, como ya me ha sucedido. Estoy acostumbrado al aislamiento, pronto llegará el nuevo año y podré andar por donde quiera, seguro de no toparme con él. Aunque luego deberé cuidarme de las roscas de Reyes, pero esa es otra historia. 

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