Por Mariela Puzzo (Argentina)
Deseante la llaga devora lo que respira lo que encuentra,
de la noche que se alza densa sobre el pecho.
Me vuelvo hacia la cruz convaleciente
en este injurio de nombres, de manos que devastan
de cielos negros que son camas pujantes con espinas rodeándome los tobillos
esplendorosa voz venida del corazón del silencio
soy el diente de ajo del tiempo muerto,
la esbelta marioneta ante el busto de mármol
si quizá la viera con mi frente despoblada,
con mis patas de insecto resurgido de la tierra
es una marea que inunda la efigie
en la que se ha posado mi pata de paloma
el licor que nace de lo que es la fina pérdida
las mieles que almacena la oscuridad.
Estoy en blanco, de blanco en la laguna de cisne negro,
volviendo cada vez de la puerta más pequeña
con mi dedo meñique alzado,
con mi cuerpo de yeso surgido entre las piedras.
No puedo partir con las gaviotas sólo revolcarme ciegamente
la figura expuesta al fulgor incandescente.
No puedo volver con la ropa desgarrada porque mi mano está metida en el fango
mi mano enfangada ante el sol sin respuesta,
ante la pregunta insignificante que presiona con su cuchillo inserto en las entrañas.
Levantar los brazos en medio de la tormenta provocando los huracanes
pero si la miseria y su nido ponzoñoso me alcanzan
yo extraeré su inmenso huevo.
Vuelvo a despeñarme entre desesperados
ellos me dan un lugar entre las bestias.
