Por Rubén Santos Lezcano
Casi con susto
adivinan tus piernas mis hambrunas,
grita mi sangre.
De espaldas yo,
olores dulces preceden tu llegada,
sirvo el vino.
Azul gaviota,
desde mi altura su vuelo es casi luz,
el mar…, la meta.
Mi lengua duerme,
mañana, al despertar, con gentileza,
portará voces.
Ven, te espero,
cual pequeño aprendiz, algo sin nombre,
simple burbuja.
Callo tímido.
¿Por qué se oculta genio y sapiencia?
Ah!…, duda, duda.
Noche sin luna,
doblada, fría, donde se posan miedos,
árida noche.
¿Cómo te logro?
me falta puño para domar tu sombra,
rendido…, temo.
Una denuncia:
En la tarde, desnuda, hostil, osada,
hurtas mi tiempo.
Amiga fiel,
con la piel entumecida, marchita,
ven, soy hombro.
Papel en blanco,
letras en fuga como siluetas lerdas,
el poeta muere.
¡Oh!, cuanta calma,
así, sereno instante, detalle nimio,
el grito duerme.
Escóndete vil,
se polvo y sangre, sediento, torvo,
así morirás.
Un buen golpe
sobre las promesas de amor que arden,
abril de lluvias.
Dos amigos,
locuras, tesón, consejo, preguntas,
verdades amargas.
Sobre el lecho
sin vestir, sabanas turbias, a ciegas,
tu olor sana.
Razones varias:
Mentiras, ocasos, silencios, consensos.
¡No me provoques!
Llovizna, grises,
un farfullar de gotas sobre el techo,
apetitos, ecos.
Estrella fugaz,
sobre negruras, rasgo perfecto de luz,
algo nos une.
