La literatura nazi en América, de Roberto Bolaño

Por Bryan Hernández*

Cuando en 1996 Roberto Bolaño recibe la conmovedora noticia de que le publicarán “La literatura nazi en América” en Seix Barral, este, ante la imposibilidad de salir de su asombro, llama tres veces a la editorial y pregunta: ¿de verdad es que sí?

Acaba de cumplir los 43 años y ya es padre de su primer hijo, Lautaro, pero hasta entonces, pese a que lleva más de media vida escribiendo, ninguna editorial grande había apostado por él.

No es difícil imaginar entonces el efecto que produce la noticia en el semblante de Roberto. Estaba lejos de su patria perdida, Chile; lejos de su juventud y de los poetas con los que fundó el Infrarrealismo en México D.F.; cuando Roberto tenía apenas 22 años (y ya instalado definitivamente en Blanes, un pueblo pequeño de la Costa Brava, donde ha ejercido toda clase de oficios para sobrevivir) salta de la emoción en el cuarto de su estudio y se deja caer al suelo, comenzando a reír ante la incredulidad. “Todo ha valido la pena”, puede que diga por fin.

“La Literatura nazi en América”. Supe de la existencia de este magnífico libro hace poco más de dos años, pero me tardé un año y medio en hacerme de él. No es que su lectura no me causara curiosidad, pues sabía que Bolaño había fallecido y que, aunque se siguieran publicando libros póstumos de él, su obra prácticamente había terminado. Con 11 novelas publicadas, más tres libros de cuentos y un grueso considerable de poemarios, era dable a pensar que quedaba mucho Bolaño para rato, por lo que no valía la pena agotarlo así como así.

Estamos en el mapa de América, parados encima de él. Son más de 20 escritores de los que se hablan aquí, todos provenientes de distintos países, aunque también todos inventados por el propio Bolaño. Cada uno, a su vez, escribe y publica (o publica a medias, pues en algunos se da el caso de que los venza la muerte antes de que los descubra una editorial), pero también vive y viaja por los continentes, relacionándose así de manera discreta con el nazismo alemán.

Edelmira Thompson de Mendiluce, por ejemplo, que publicó un libro de poesía a los 16 años y se casó (aunque por amor, con un ganadero de inagotable fortuna) y tuvo dos hijos, uno de los cuales fue retratado a merced de las piernas de Hitler: la preciosa y rozagante Luz Mendiluce.

Divididos por nacionalidad, por estirpe, por época, haciendo uso de un trabajo casi enciclopédico, (como queda demostrado en la última parte del libro titulada “epilogo para monstruos”, una suerte de índice onomástico que complementa la vida y obra de estos escritores ficticios) “La literatura nazi en América” busca, contra todo pronóstico, hablarnos de la vida del ‘escritor’ y de cómo a veces el arte puede estar a tan solo dos pasos del ‘mal’, esa pequeña palabra que a Bolaño, por otra parte, tanto le obsesionó. El libro cierra, precisamente, con Roberto Bolaño como personaje, acompañando a Carlos Ramírez Hoffman, un hombre que escribe poemas en el cielo, esto con la cola de su avión, pero que también es un asesino a sueldo y busca a un hombre para matarlo.

Todo buen libro tiene como propósito contar una historia. Esta, a su vez, es escrita por un hombre o por una mujer (al que llamamos escritor o escritora) que utiliza el lenguaje como vehículo y la invención como gasolina. El lector, por otra parte, es la persona que está parada del otro lado del río. No basta, por supuesto, quedarse de pie en el borde de la orilla; uno tiene forzosamente mojarse un poco, a riesgo de no saber nadar, para coger del barro que yace en el fondo y donde los pies se hunden por su propio peso. Todo por una historia que justifique la pena. 

A veces se da el caso de que el lector regrese a la orilla con las manos vacías, o con un pedazo de mierda fosilizada, pero esto solo sucede en las primeras incursiones. No hay por qué desanimarse, pues nadie se hace experto en el lapso de un día y los buenos libros siempre emergen como faros que alumbran la noche. Sin embargo, hay algo que se nos escapa. Así como el lector se zambulle en la corriente del río, el libro también cumple su propio viaje cuando el escritor le pone punto final. Este es el ojo de la cerradura por el que miramos aquí. 

El periplo del libro, en pocas palabras, es la incógnita que nos ocupamos en responder, y que, a su manera también, responde la “Literatura nazi en América”. Aunque todos los escritores y libros mencionados en él no sean más que ‘una pura invención’, como diría Vargas Llosa, ‘un juego bastante borgeano’, Roberto Bolaño se sirve de ellos para hablarnos del oficio de ser escritor y del modo en que los libros brotan como salpullido en el mapa de nuestra mayúscula América.  Como una ilusión.


*El autor es licenciado en Comercio Internacional por la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha colaborado en medios como RadioBuap.com, Revista Pueblados22 y Cultura Colectiva. Dejó el comercio para dedicarse a la Literatura.

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